El perro flaco por Titania Hielorrojo

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¿Habéis notado alguna vez como si sobre vuestras cabezas volaran diablillos, brujos y brujas que mueven vuestros hilos, haciéndoos perder el control sin permiso? Pues de algo así trata el cuento que os voy a contar…

Había un vez un perro flaco, tan flaco, tan flaco que visto de frente era una línea vertical. Había una vez un hombre gordo, tan gordo, tan gordo que lo miraras por donde lo miraras siempre era redondo. Y había una vez un árbol frondoso y altísimo que vivía en medio de un pequeño parque situado al lado de mi casa, en el “Barrio del Duende Rojo”.

El perro y el hombre vivían bajo la gran sombra de las ramas del árbol. Daba igual que fuera de día o de noche, pues el caso es que el árbol siempre daba sombra.

Cada mañana el hombre gordo ponía al perro flaco su collar, al que ataba una cuerda de esparto, y le sacaba de paseo. Recuerdo que la primera vez que me crucé con ellos tuve que darme la vuelta dos veces para comprobar que realmente se trababa de un perro aquello de lo que tiraba el hombre gordo. Y cada tarde, después de pasear, los dos volvían a la agradable sombra del árbol.

A su modo los tres, el hombre, el perro y el árbol, eran felices y cada día los tres hacían exactamente lo mismo que el día anterior. Yo les veía desde la ventana de mi casa y me preguntaba cómo era posible que no se cansaran de repetir siempre lo mismo. Quizás su monotonía y su simpleza eran la clave de su aparente estabilidad.

Cierto día, en ese barrio en el que yo vivía, ocurrió algo insólito. Tan insólito que aún hoy me pregunto qué, cómo y por qué…

Eran las seis de la mañana del domingo de un tres de diciembre. Curiosamente la misma hora, el mismo día de la semana y la misma fecha en que yo nací. No es que me guste madrugar, desde luego no es santo de mi devoción, pero desde hacía días rondaba en mi cabeza el argumento de una historieta algo… diferente. Escribo para la columna de cuentos del periódico local, “El Duende Rojo”, dos veces por semana, con gran éxito, tengo que admitir. Y tengo un pequeño club de incondicionales lectores, entre ocho y diez años de edad, a los que invito los fines de semana al jardín de mi casa para prepararles una sabrosa merienda y leerles en primicia las próximas publicaciones, porque son los mejores críticos y admiradores.

Pues bien, a esa hora de ese frío día de invierno, estaba con los ojos abiertos como platillos, enredada en las mantas de la cama, y deliciosamente calentita, moviendo las nuevas ideas y frases mentalmente, de un lado a otro de una imaginaria hoja de papel: que si un árbol, que si un perro flaco, que si un hombre gordo…, cuando me pareció escuchar campanillas al otro lado de mi ventana. Pensé que el viento estaría jugando con el “sonar” de metal que tenía colgado del tejadillo, un regalo de mi amigo Skipi, el dueño de la taberna “El Duende Rojo”. Pero las campanillas eran demasiado rítmicas e insistentes y junto con los repentinos maullidos de muchos de los gatos vecinos, me hicieron saltar de la cama como un resorte justo cuando un reloj olvidado desde hace años, comenzó a tocar seis campanadas:

¡TONG! Con la primera campanada me cambió el color de la cara; “¡Es.. .Es… Es el reloj que lleva parado veinte años!”

¡TONG! Con la segunda campanada me encontré sin saber cómo sentada sobre la cama mordiendo las sábanas con todas mis fuerzas y agarrada a mi cojín de hilo blanco. Y Grité…

¡TONG! A la tercera campanada se apagaron todas las farolas de la calle y las farolas del parque y los faroles de los porches de las casas y un gran resplandor rojo como el fuego se filtró por los cristales. Y Grité…

¡TONG! A la cuarta campanada la ventana de mi habitación se abrió de par en par dejando entrar un vendaval de aire caliente y un pestilente olor a azufre. Y Grité… aún más fuerte.

¡TONG! A la quinta campanada, ya con el pulso acelerado, no, desbocado diría yo, el corazón latiendo a mil por hora, con los pelos de todo el cuerpo erizados como alfileres, con los ojos inyectados de terror y con todos mis sentidos concentrados en la ventana abierta, toda la casa se rió a grandes carcajadas histéricas, y las casas de los vecinos, como cientos de ecos malvados, repitieron las risas una y otra vez, una y otra vez, y yo quise gritar… pero ya no pude.

¡TONG! A la sexta campanada se hizo el silencio. Mi respiración se entrecortaba hasta producirme una sensación angustiosa de mareo. Y en mi cabeza sólo un ¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¡Dios mío!

Como pude saqué una pierna de entre las sábanas y muy lentamente coloqué el pie derecho en el suelo. Apoyé todo mi peso en la baldosa fría y salí rápidamente de la cama, sin soltar el cojín de hilo blanco. Todo estaba teñido de luz roja, como la del laboratorio de fotografía del periódico, y hacía calor. Escuché susurros en la planta de abajo; eran una mezcla de alientos y de eses, pero no pude distinguir ni una sola palabra coherente. ¡Claro que nada de lo que estaba pasando era coherente!

Aún no se porqué lo hice, pero corrí hacia el teléfono que había dejado cargando en la repisa del cuarto de baño. Tenía la ridícula convicción de que con solo pulsar la tecla de “recall” el destinatario de mi última llamada se presentaría de inmediato, en cuestión de segundos, para demostrarme que aquello no estaba pasando. Al menos no en mi casa.

Dejé mi habitación y salí al pasillo, descalza, vestida con el pijama que compré en la tienda “El Duende Rojo” de la Avenida Principal y que yo misma me había regalado el pasado invierno por mi cumpleaños, curiosamente tal día como hoy. No pude reconocer ningún objeto, mueble o espacio de mi propia vivienda. ¿Dónde estaba? Me encontré descalza, en medio del andén de la Estación de tren, aún agarrada a mi cojín de hilo blanco, mientras en mi cabeza resonaban las seis campanadas del viejo reloj olvidado y los susurros y los alientos y las eses incompresibles…

Entonces algo rozó mis piernas y volví a la consciencia del frío amanecer de ese tres de diciembre, sintiendo sobre mi piel y mi pijama de dos piezas el invierno helado, castañeteando mis dientes y echando por la boca en forma de vaho todo el aire respirado entrecortadamente. ¿Cómo había llegado hasta allí? Quise dar un salto tras sentir ese roce, pero no pude. Algo me impedía mover las piernas. Y al bajar la vista descubrí una línea vertical. Tuve que mirar dos veces para darme cuenta de que a mi lado estaba el perro flaco, el del hombre gordo, el que vivía bajo la sombra del gran árbol del parque. Y mirando hacia abajo lo vi: mis pies ya no tenían dedos, sino largas extensiones de corteza de árbol; y mis piernas ya no eran dos, sino una, gruesa y rugosa; y mi brazos y los dedos de mis manos eran enormes y frondosas ramas cubiertas de diminutos cojines de hilo blanco.

Desde aquel día, el árbol del parque paseaba al perro flaco, cogiendo su collar con una cuerda de soga, y venían a visitarme a la Estación de tren, aunque ya no buscaban la sombra. Y el hombre gordo se instaló en mi casa, en mi escritorio y en mi silla, y cada fin de semana preparaba estupendas meriendas para los niños que acudían ansiosos a escuchar los cuentos que él escribía para el periódico local “El Duende Rojo”. Y yo me sigo preguntando qué pasó, cómo y por qué; qué partida de póquer repleta de faroles nos han ganado los diablos, brujos y brujas sin dejarnos jugar siquiera una mano.

Al invierno siguiente uno de aquellos niños paró a mi lado antes de coger un tren. Llevaba en su mano un teléfono móvil con un duende rojo bordado en la funda. El teléfono sonó con seis campanadas y al otro lado de la línea pude escuchar una voz en un susurro que decía: “Había una vez una mujer con un cojín de hilo blanco…”

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2 comentarios en “El perro flaco por Titania Hielorrojo

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