LA ASPA por Adrián Troncoso Rodríguez

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El temporal había llegado sin avisar. Una residencia sacerdotal escondida en la comarca sanabresa había quedado completamente aislada por la nieve. Pero allí poco importaba, porque el tiempo siempre transcurría pausadamente.

Desde hacía muchos años aquel viejo caserío era utilizado como residencia de retiro para sacerdotes mayores. Nueve ancianos la habitaban en aquel frío invierno. Julián, un cincuentón serio, discreto y habilidoso se encargaba de todo el mantenimiento de la residencia. La media de edad de sus inquilinos rondaría los noventa años.

Haberse quedado aislado no habría tenido la mayor importancia de no ser por la visita de dos seminaristas que estudiaban en Santiago de Compostela. Willson Domínguez era un boliviano de tez oscura que acompañaba a Alfonso Onteniente en aquella visita de cortesía.

La mayoría de los sacerdotes allí alojados, apenas podían mantener una conversación. Aquel retiro estaba reservado para aquellos que querían buscar el descanso eterno en el sitio más recóndito del país.

-“Tendrán que quedarse” – afirmó Julián secamente, pensando como alojar a los dos chicos.

Los seminaristas extendían sus manos frente al fuego de la chimenea mientras lamentaban el contratiempo. La madera húmeda crujía y crepitaba en el salón principal.

Todos excepto Julián parecían acostados. Allí se cenaba temprano. Sin embargo, el Padre Martín prefirió acercarse a dar compañía a los visitantes. Era el “joven” de los residentes, pues sus ochenta y pocos años le permitían mantener cierta autonomía.

Lentamente se acercó a ellos y tomó asiento. Vestía pantalón negro con camisa azulona y jersey gris. El cleriman casi le bailaba en su arrugado cuello. Delgado, casi calvo y con perilla cana, unos vivos ojos negros tomaban el protagonismo en su chupada cara.

Ambos seminaristas se miraron preparándose para aguantar las batallitas del viejo clérigo. Hablaron de trivialidades hasta que el joven Willson lanzó una pregunta directa y fuera de contexto:

-Padre, siempre se dijo que usted practicó exorcismo en Ñuflo, pero ¿lo recuerda usted?

Martín hizo un gesto de abandonar la conversación… pero de repente clavó su mirada en el joven boliviano y habló con voz ronca:

-¿Tú eres de allí?

– Bueno, no exactamente… – masculló titubeando.

Alfonso, el otro seminarista, observaba estupefacto el cruce de miradas. Ignoraba que aquel anciano hubiera practicado el exorcismo. Y también desconocía que su compañero Willson, que llevaba poco tiempo en el Seminario de Santiago lo supiera.

-¿Quién eres? –preguntó Martín.

-Soy Willson Domínguez de Cochabamba.

El anciano exorcista resopló. Con la mano temblorosa sacó de su bolsillo un arrugado paquete de tabaco y sacó un cigarrillo.

Alfonso, que se sentía como convidado de piedra aprovechó para ofrecerle fuego.

Por fin se arrancó el Padre Martín mientras dejaba escapar las volutas de humo:

-Pocos conocen mi vida, joven… Sí, estuve en aquella misión jesuita. Pero de aquello hace ya demasiado tiempo… 

-¿Y qué pasó en Ñuflo, Padre…? ¿Va usted, a morir con el secreto? –insistió el joven.

Amenazado, asustado, pero manteniendo el tipo subió el tono de voz:

-Me enfrenté a ella y la vencí. Porque nunca me doblegó ninguna voluntad maligna.

Willson respondió con una forzada sonrisa y un leve asentimiento y el viejo prosiguió:

-Era ella… No me queda duda alguna. Su familia hablaba el chiquitano y casi no podíamos entendernos. Todo empezó cuando meses atrás quedó en cinta. Su embarazo era visible. Quizás de cinco o seis meses. Tenía los ojos en blanco y la barbilla brillante impregnada de babas. La encontré tumbada en un camastro. Su postura era inerte y el afilado palo que se había clavado hacía pocas horas por el cordón umbilical sobresalía impregnado en sangre. Los familiares no habían podido extraerlo. Me quedé a solas con ella en la choza. Y mientras practicaba el ritual agarré con fuerza la vara. En un principio iba a retirarla lentamente… pero un presentimiento me decía que tenía que terminar lo que empezó aquella joven indígena. Y apreté con fuerzas. De repente, ella abrió los ojos y pronunció unas palabras que no logré entender. Me agarró por el hombro y mientras el palo tomó fuerza propia y fue clavándose lentamente en mi pecho. No sentía ni dolor, ni miedo… El extremo de la estaca fue recorriendo mi pecho desgarrando a su paso porque no estaba afilada. Mi sangre iba derramándose a borbotones sobre el vientre de aquella muchacha. La herida era profunda y debí perder la conciencia. Lo siguiente que recuerdo era el hospital de la misión.

Alfonso escuchaba atónito aquella historia. Y con voz temblorosa intervino:

-¿Fue real aquello? Diga Padre… ¿fue real?

El viejo se quitó el jersey. Desabrochó con la dificultad de los temblores del Parkinson y gran torpeza, los botones de su camisa y se la abrió. Una gran y abultada cicatriz en forma de aspa marcaba todo su pecho.

-¿Y qué le pasó a la chica? ¿Sobrevivió? ¿Tuvo que abortar?

El padre Martín carraspeó y fue en busca de su cigarrillo, pero se había consumido solo. Miró a Alfonso y respondió:

-Ella no sobrevivió. Debió ser horrible. Quizás tenía que ser así. Tal vez era lo mejor. No lo sé. Yo me fui. Desaparecí. Fue mi último exorcismo. Jamás podré olvidar la expresión de aquella indígena.

El anciano sacerdote permanecía con la camisa desabrochada. Un escalofrío recorría a Alfonso en aquel gran salón.

Willson Domínguez se desabrochó la camisa con mucha más habilidad y destreza que el Padre Martín y señaló con el dedo índice la parte alta de su hombro. Ambos se quedaron petrificados cuando vieron una gran cicatriz que atravesaba el homoplato derecho.

Pronunció unas palabras que el senil exorcista reconoció como chiquitano y pudo ver como hacía la señal de la aspa con la mano, mientras se le iluminaba una terrorífica mirada, impropia del mundo que conocemos.

Fotografía: es.wikipedia.org

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